A LA VILLE DE… bərsəlónə

Hoy se cumplen 30 años de aquel mítico 17 de octubre de 1986 en el que cinco palabras hicieron que Barcelona (pronunciada claramente como bərsəlónə) saltase a los titulares de todos los teletipos del mundo. Y miles de barceloneses y barcelonesas empezásemos a vivir un sueño que se haría realidad cinco años después, “más altos, más rápidos, más fuertes”.

“Comme qualité de President, je l’honneur de vous annoncer que le Comité International Olympique, réuni on session plénier a Lausanne, a attribué l’organisation des Jeux de la XXV Olympiade 1992 à la ville de… bərsəlónə, España.”  Con estas palabras, aquella tarde del otoño del 86, Joan Antoni Samaranch certificó el despegue de la Barcelona que hoy en día conocemos, y nos aseguró un lugar VIP entre las ciudades del  mundo.

A la pregunta de: ¿te acuerdas que hacías en aquel momento? En mi caso la respuesta es de lo más simple y aburrido: estaba mecanografiando informes técnicos en mi antiguo puesto de trabajo. Debido a que no nos permitían conectar la radio, y por aquel entonces ni existían teléfonos móviles, ni internet, ni siquiera ordenadores, la única opción que tuve es llamar por teléfono a casa y pedirle a mi madre que acercase la radio al auricular. La expresividad de la emoción fue mínima, pero la alegría reprimida empezó a removerse por mi interior.

Los intentos de 1924, 1936 y 1972 ya eran historia. Barcelona tendría sus Juegos Olímpicos y nosotros tendríamos el privilegio de ser testigos de primera mano. El mágico verano del 92 empezaba a orquestarse. “La Ville de bərsəlónə” ya era oficialmente olímpica.

A la Ville de

Pebetero del Estadi Olímpic treinta años después

Voluntaria olímpica

En mi caso particular, el haber entrado a formar parte del grupo de voluntarios olímpicos casi sin quererlo, hizo que el momento todavía fuese más motivador.

Unos meses antes, paseando por plaça Catalunya me había topado con el llamado “Bus olímpic”, un autobús tematizado que recorría el país a la busca de personas que estuviesen dispuestas a ayudar en la organización y en el desarrollo de los JJOO de manera voluntaria. Y si subías a apuntarte, tras rellenar el formulario de inscripción, te entregaban un dossier informativo con las funciones que podrías desempeñar junto a la pegatina de “Yo soy voluntario”. Una pegatina que hacía un tiempo quería tener y todavía no la había conseguido.

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Campaña “Yo soy voluntario”. Foto: Candidatura de Barcelona per als Jocs de 1992

Dicho y hecho. Subir, rellenar el formulario y disponer de la deseada pegatina fue un momento. Así ya podría engancharla en la parte posterior de mi Seat 127 de segunda mano, que hacía nada me había comprado tras sacarme el carnet de conducir. Algo que en la actualidad ni se me pasaría por la cabeza, pero las modas cambian.

Lo que menos pensé es que aquella acción impulsiva hizo que entrase a formar parte del registro de 60.000 voluntarios que se inscribieron antes de la nominación oficial, y que tras ella aumentaría hasta 102.000. Un número de inscritos realmente pionero en la historia olímpica.

“La fuerza de la voluntad”, lema de la campaña, hizo que muchos ciudadanos de a pie (de forma consciente o impulsivamente como fue mi caso) tuviésemos la oportunidad de participar de la historia de nuestra ciudad de manera directa. Con el incentivo de que esta vez los acontecimientos girarían en torno a un evento divertido, amable, fantástico y universal.

El precedente de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, en el que los voluntarios solo se empezaron a inscribir tras la nominación, quedó ampliamente superado por Barcelona. Una vez más volvimos a dejar constancia de que en voluntad no hay quien nos pare. Aquel 17 de octubre de 1986 me sentí muy orgullosa de formar parte del 39 % de las mujeres inscritas y del 41 % de voluntarios que, a pesar de estar trabajando, no dudamos en compatibilizar nuestras actividades profesionales con la ilusión de ser parte de la familia olímpica de la futura Barcelona del 92.

Lausanne (Suiza)

Por estrafalaria que parezca la afirmación, aquel día de octubre también sirvió para que muchos barceloneses y barcelonesas se interesasen por ubicar a Lausanne en el mapa. Y no por no saber que era una ciudad de Suiza, sino porque a partir de entonces muchos la pusieron en el punto de mira de sus futuros viajes.

A la Ville de

Logo de Lausanne como capital olímpica

Aunque el Comité Olímpico Internacional fue creado en París, el estallido de la Primera Guerra Mundial y el fallecimiento de algunos medallistas olímpicos en la contienda motivó al barón de Coubertin a buscar un lugar neutral y seguro a donde trasladarse. La elección de Laussane no fue casual.  Además de neutralidad, tranquilidad y seguridad, estaba situada en la zona francófona de Suiza.

Su Museo Olímpico, que por aquel entonces todavía no existía (se inauguraría del 23 de junio de 1993, a iniciativa de Joan Antoni Samaranch), sería uno de los lugares más visitados de la ciudad, y donde el recuerdo de la Barcelona del 92 quedaría plasmado entre los objetos que formarían parte de su exposición permanente.

Le Palais de Beaulieu

Y por último, mencionar otro lugar que también pasó a formar parte del recuerdo de ese día, aunque de manera claramente subliminal.

A la Ville de

Atril usado durante la comunicación oficial de la nominación. Foto: Internet

Se trata del Palais de Beaulieu, el principal centro de congresos de Lausanne que acogió la 91ª Sesión del Comité Olímpico Internacional y desde cuyo escenario se anunció el resultado de las votaciones.

Como todos pudimos ver, su nombre aparecía perfectamente destacado en el atril desde el que el Joan Antoni Samaranch pronunció el nombre de Barcelona (bərsəlónə), franqueando el propio logotipo olímpico. De ahí que también ese lugar hay quedado irremediablemente ligado a los recuerdos de ese 17 de octubre de 1986. ¡Cómo pasa el tiempo!

 

Mis otras historias de Barcelona 92:
Cuando Barcelona fue olímpica
25 de julio de 1992: Empieza Barcelona92
LUCIUS MINICIUS NATALIS QUADRONIUS VERUS

 

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