EL CASINO DE LA RABASSADA

Si vas de Barcelona a Sant Cugat del Vallès por la carretera BP-1417, un poco más adelante del desvío hacia la ermita de Sant Medir, encontrarás unas ruinas a pie de carretera que te llamarán la atención por dos motivos. El primero es los interesantes detalles de estilo arabesco que se aprecian en los restos de ventanas que todavía se mantienen en pie. Y el segundo, el estado tan precario en el que se encuentran, medio absorbidas por la maleza.

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Las ruinas a pies de carretera

Pero vayamos paso a paso. La carretera de la que os estoy hablando es mucho más conocida por la carretera de la Rabassada, que enlaza las dos ciudades a través del Coll de s’Erola (Collserola) y que va desde el Tibidabo al Turó de Santa Maria. La ermita de Sant Medir es el lugar a donde, cada 3 de marzo, se dirigen los romeros de Sarrià, Gràcia y Sant Cugat del Vallès para celebrar l‘aplec anual, y que se encuentra en donde se dice que vivía el campesino Medir que se acabaría convirtiendo en santo. Las ruinas son los restos de lo que me tomo la libertad en llamar “prototipo de un Eurovegas de principios del siglo XX”, y que no es otra cosa que el Gran Casino de la Rabassada. A lo largo de los años, y a medida que he ido pasando junto a esas ruinas, cada vez me he sentido más atraída por ellas y por ese halo de misterio que transmiten.

Cuando Barcelona tuvo un “Eurovegas” más glamuroso

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Imagen del antiguo casino en todo su esplendor. Foto: Exposición

El origen etimológico de la palabra casino lo encontramos en la lengua italiana. La palabra casini significa casa de campo, y se refiere al lugar donde los nobles italianos del siglo XVII iban a pasar sus horas de asueto, y en el que la práctica de todo tipo de juegos era una de las principales actividades que se llevaban a cabo. Tal y como creo recordar lo relata William Shakespeare en su comedia “Mucho ruido y pocas nueces(Much ado about nothing). Por eso los franceses acabaron adoptándola a su lengua y la utilizaron para dar nombre a aquellos lugares en donde a principios del siglo XX se practica el juego, entre otras actividades de índole social y que estaban inevitablemente relacionados con el glamur, el lujo y el dinero… como por ejemplo Montecarlo y el de que hoy hablamos: el de la Rabassada.

Siempre había querido saber más sobre la historia de esas ruinas y, gracias a una exposición temporal sobre el tema en el Museu de Sant Cugat, he visto cumplido mi deseo. Evidentemente no es la exposición del Titánic, pero permite hacerte una idea, a través de diferentes fotografías de la época y textos explicativos que las acompañan, de lo que supuso semejante construcción en medio del paraje de Collserola. Una de las piezas expuestas que más me llamó la atención es una ficha de ¡500 pesetas! (3€), que me hizo plantearme la siguiente cuestión: ¿quién se podía jugar la cantidad de 500 pesetas de la época, cuando el salario medio anual de un trabajador era de unas 2.000?

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Ficha de 500 pesetas de la época.

La exposición sobre el casino nos hace retroceder a principios del siglo XX y a fijarnos en las necesidades de la rica burguesía barcelonesa, para dar una respuesta a la pregunta que he planteado y al porqué de la construcción de un complejo de semejantes características. Según explican, esa burguesía era una clase social emergente (a lo que hoy en día llamaríamos “nuevos ricos”), que disponía de un gran poder económico, pero que tenía que posicionarse socialmente con relación a la antigua nobleza. Para ello necesitaba “dejarse ver” en espacios exclusivos y de calidad, donde pudiesen dejar constancia de esa situación economía privilegiada, y que mejor manera que en un lugar donde la principal actividad girase entorno a los juegos de azar, envueltos con una áurea de glamur y de riesgo.

El proyecto se concibió a partir de la ampliación de un hotel-restaurante que ya existía previamente, al que se le sumó un parque de atracciones, el casino y otras dependencias relacionadas con el descanso y la diversión, tal y como se puede ver en los planos que están expuestos. La principal característica de la obra es que fue hecha a consciencia, tal y como demuestran los restos que, aun hoy en día, todavía se conservan a pesar del abandono, el vandalismo y los efectos de la propia naturaleza.

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Restos de lo que pudo ser el arco decorado de una ventana

El proyecto, dirigido por Josep Sabadell Giol, culminó con la inauguración de las nuevas instalaciones el 15 de julio de 1911, celebración que se llevó a cabo con toda la pomposidad del mundo, tal y como se desprende de las diferentes crónicas que publicaron los diarios de la época. Incluso se creó una línea de tranvía que viajaba allí desde Barcelona. Pero ese “sueño burgués” duró escasamente un año. El juego, a pesar del estar relacionado con el glamur del que ya hemos hablado, no dejaba de ser algo que se movía fuera de la ley y dependía de los sobornos a las autoridades para poder funcionar. Al año de su apertura, en junio de 1912, el Congreso de los Diputados, con el presidente José Canalejas al frente, votó a favor de su prohibición oficial, lo que supuso un golpe mortal al casino, que tuvo que cesar en sus actividades. Fue el principio del fin.

A partir de ese contratiempo, el espacio lúdico continuó funcionando como hotel y restaurante. En 1929, gracias a la Exposición Internacional volvió a recuperar algo del prestigio que había ido perdiendo, pero el estallido de la Guerra Civil fue el punto de inflexión hacia su total desaparición. El último propietario fue Louis Pinet, que a principios de los años 40 procedió a su derribo y al sorteo de las pertenencias, tal y como se puede leer en un anuncio de La Vanguardia, que se muestra en la exposición. Unos años antes, en 1938, acogió el último acto emblemático que se celebraría en estas dependencias: un homenaje a los brigadistas internacionales y que fue presidido por el presidente del gobierno de la República, Juan Negrín, y el presidente de la Generalitat, Lluís Companys.

Como suele ocurrir con los lugares que han ido dejando una senda de misterio con el paso del tiempo, diferentes leyendas se han ido consolidando sobre el mismo. Una de las historias a la que se le suele dar más crédito es la que explica que existía una discreta sala a la que acudían las personas, que tras haberse jugado y perdido toda su fortuna, decidían suicidarse y acabar con su vida sin perder la dignidad. Eso es lo que aseguran los descendientes de Antoni Casas Magrans, un alguacil del Ayuntamiento de Sant Cugat que, acompañando al juez, se tenía que desplazar al lugar para confirmar la muerte del jugador y proceder al levantamiento el cadáver. De ser cierto ¡una verdadera pasada!

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Plano de la planta central del edificio

Otras leyendas, aunque relacionadas con “el más allá”, son las que nos explica Sylvia Lagarda-Mata en su libro “Fantasmas de Barcelona”, ya casi al final de la obra. Se dice que en el lugar se han oído psicofonías en diferentes ocasiones, y que se han visto rondar por allí a un hombre y a una niña vestidos con ropas de principios del siglo XX.

Independientemente de estas historias, la verdad es que el lugar actualmente no invita a demasiadas visitas turísticas por la propia seguridad de los visitantes. Transcribiendo literalmente las palabras que Sylvia Lagarda usa en su libro, “el resultado es un extraño paisaje formado por medias paredes, arcos rotos, columnas, escalinatas que no llevan a ninguna parte, rejas semienterradas, esculturas que otean, ocultas entre el follaje… Y peligrosos fosos y agujeros disimulados por la maleza que desaconsejan la excursión de curioseo, por el riesgo de caídas y accidentes graves”. La frondosidad de lugar y su aspecto sombrío puede que te produzca algún que otro escalofrío, pero el único riesgo que verdaderamente puedes correr es que te aparezca alguno de los animales que pueblan esa zona, en especial uno de los numerosos jabalíes.

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