MONTCADA, UNA CALLE CON MUCHOS PALACIOS

Hay una calle en Barcelona por la que siempre me he sentido atraída de una manera especial. Es un lugar que durante el día siempre está lleno de turistas haciendo cola para acceder a su museo más emblemático, y por el que es difícil transitar. Se trata de la calle Montcada, núcleo que aglutina el mayor número de ejemplos de arquitectura civil medieval de la ciudad, según dicen los expertos.

Montcada

Una calle con muchos palacios

Cuando Barcelona era una ciudad medieval amurallada, allá por el siglo XI, el tramo que actualmente ocupa la calle Montcada era un camino que transcurría fuera muralla, y que conectaba una de las puertas de la muralla con el núcleo de Vilanova de Mar, de lo que ya hablamos durante nuestra visita a Santa Maria del Mar. En el siglo XII se empezó a urbanizar y se convirtió en el principal y más ancho camino de acceso hacia el Born, donde recordemos se celebraban las justas entre caballeros. Originalmente, el trazado de la calle era continuo, e iba desde el lugar donde estaba situada la capilla románica de Marcús hasta la misma plaça del Born; pero la obertura de la calle Princesa, en 1853, lo dividió en los dos tramos que todavía hoy se conservan. Tanto en la parte inicial del trazado, como en la parte final, podemos observar dos ensanchamientos que, explican las crónicas, eran para permitir que las procesiones de Corpus pudiesen acceder hasta ese lugar y dar la vuelta, lo que nos revela la relevancia y notoriedad de las personas que habitaban el lugar. Su mayor esplendor lo vivió durante los siglos XIV y XV, y su decadencia definitiva sobrevino en el siglo XIX con la construcción del Eixample, que provocó la marcha de buena parte de sus destacados habitantes hacia ese nuevo barrio de la ciudad.

Para los amantes de las historias noveladas sobre la ciudad de Barcelona os recomiendo La Catedral del Mar y La metgessa de Barcelona, ya que buena parte de la trama transcurre en la calle Montcada. El primer libro situa parte de la acción en el ficticio Palacio de los Puig, y el segundo en la casa señorial de Hug de Montcada. Este tipo de palacios, como los que nos relatan ambas novelas, se conocen con el nombre de albergues u hospicios con huerto y se caracterizaban por la existencia de grandes patios y grandes escaleras exteriores que conducían directamente del patio hasta la planta noble, donde se encontraban las estancias principales que ocupaban los propietarios, como el comedor y los dormitorios. La parte inferior quedaba reservada para las caballerizas, los aposentos de los criados y el huerto o jardin, que en el siglo XVIII pasó a colocarse en el piso superior, sobre las caballerizas, cuando empezó la moda de los jardines colgados.

La decadencia de la calle transformó los palacios en edificios de viviendas, sobre los que se construyeron añadidos para hacerlos más altos, y los bajos se destinaron a talleres. En 1930, la Associació d’Amics del Carrer Montcada empezó a reivindicar la necesidad de recuperar el patrimonio que se estaba perdiendo, y consiguió que se declarase bien de interés patrimonial. Más adelante se inició la expropiación de los edificios con la finalidad de abrirlos al publico.

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Muestra de una galería gótica abierta a un patio interior

Montcada

Fachadas que muestran la separación entre los diferentes palacios

Como ya he hecho en otras ocasiones, para saber el porqué del nombre de Montcada, he consultado el nomenclátor de Barcelona, donde nos indica que se refiere a una familia de magnates que desde el siglo XI se convirtieron en una de las principales y más influyentes familias nobles de Barcelona, tanto por su poder económico como por su influencia política. Parece ser que el primer propietario de los terrenos fue Ramon Guillem de Montcada, senescal de la corte. En el MNAC se conservan unos frescos de ese personaje que dejan constancia de su participación en la conquista de Mallorca, y que se descubrieron en uno de los palacios que hay en la calle.

Hace poco me enteré que el Museo Picasso ofrecía, entre sus diversas actividades, una visita guiada y gratuíta para conocer de manera pormenorizada los patios de los cinco palacios que forman su estructura arquitectónica. ¡Y allí que me apunté! La visita consiste en un paseo centrado en visualizar las características arquitectónicas de cada uno de los patios y las transformaciones sufridas a lo largo de los años. El museo ocupa actuallmente una superficie total de 7600 m2, repartida entre cinco palacios, aunque solo se conservan cuatro de los patios.

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Puerta de acceso al Museo Picasso

Palau Berenguer de Aguilar

Aunque la visita se realiza en orden inverso a la fecha de incorporación de cada uno de los palacios al museo, nosotros sí que vamos a seguir el orden cronológico y empezaremos por el patio del Palau Berenguer de Aguilar donde, en 1963 y gracias a la donación que el escritor barcelonés Jaume Sabartés hizo al Ajuntament de Barcelona, se inauguró el museo. Debido a que por aquel entonces el nombre de Pablo Picasso era persona non grata para la dictadura franquista, se uso el de Colección Sabartés para darle nombre a dicha exposición permanente.

Entre los detalles que la guía nos hace observar, destacan las vigas policromadas de los techos interiores (que se ven claramente a través de las ventanas), los escudos de armas de los Caldés (primeros propietarios del palacio) y que aún se conservan en los muros del patio, el acceso a una supuesta “sala de recibir o despacho” situada al principio de la escalera de acceso a la planta noble y una imagen de Sant Cristóbal, que debido a lo extraño de su ubicación, se explica como una “piedra viajera” de las tantas que se han movido a lo largo de la historia de la ciudad.  Si miramos hacia el cielo, nos sorprenderá la enorme solana que hay en la parte superior, y que nos da pistas de la función que realiza en la época de máxima actividad comercial de la zona: desde allí se poder ver el mar y el puerto para controlar la llegada de los barcos mercantes. En el interior del edificio todavía se conserva una ventana con “festejador” (poyo lateral que se utilizaba para conversar) que originalmente se abría hacia el huerto posterior, y que actualmente hace la función de ventana de la tienda del museo.

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Escalera noble del Palau Berenguer de Aguilar

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Festejador: poyo interior junto a la venta para sentarse a conversar

Palau Baró de Castellet

El segundo patio es el del Palau Baró de Castellet. La principal característica de este patio es que, a diferencia del resto, no tiene escalera exterior, lo que nos demuestra las diferentes transformaciones arquitectónicas que estos edificios fueron sufriendo a lo largo de los años. Volvemos a encontrar algún que otro ejemplo de “piedras viajeras”, cuya finalidad es la de embellecer los muros. En el interior se conservan unas caballerizas con un techo de vuelta, aguantado sobre un pilar de piedra. Nos comenta la guía que en la parte superior existió un jardín colgante, como los que se pusieron de moda en el siglo XVIII, aunque lamentablemente no queda ningún resto.

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Antiguas caballerizas, situadas bajo un antiguo jardín colgante

Palau Meca

Seguidamente nos dirigimos al patio del Palau Meca, el más grande de la calle y que es un ejemplo del estilo barroco de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII. ¿Qué elementos nos permiten afirmarlo? En primer lugar la baranda de la escalera del patio; deja atrás la piedra y utiliza la forja que combina barrotes lisos y retorcidos, como podemos observar en muchos otros balcones de la calle. En segundo lugar, las ventanas coronellas (típicas medievales) se agrandan y se convierten en balcones. La piedra de las paredes está mucho mejor tallada que la de los palacios medievales y está encintada, lo que le da un acabado visual mucho mejor. Un nuevo ejemplo del poder económico de los habitantes de estas casas señoriales es la presencia de elementos de canalización y desagüe, que además están embellecidos. Como curiosidad nos explican que el edificio que había ido cambiando de propietario, en el siglo XX pasó a manos de “La Caixa” que lo utilizó para llevar a cabo su obra social y llegó a albergar una residencia para mujeres trabajadores, dirigida por religiosas.

Otra curiosidad relacionada con esta casa es el dicho popular “de la Seca a la Meca”. La Seca Real o Real Fábrica de Moneda de la Corona de Aragón era una fábrica de acuñación de moneda que ocupaba varias fincas junto al Born, muy cerca de la calle Montcada. Según explica Joan Amades, cuando alguien venía a Barcelona no dejaba de visitar los palacios de la calle Montcada, y en especial el Meca por su majestuosidad. A continuación, se dirigian a la Seca para cambiar moneda. Esto generaba un tráfico de personas, yendo y viniendo de un lugar a otro, que dió lugar a esa expresión.

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Palau Mauri

El cuarto edificio es el Palau Mauri, y digo edificio porque su principal característica es que no se conserva ningún resto del patio que tuvo que tener. Solo queda la fachada. El elemento más característico, y en el que menos se fija la multitud que acostumbra a transitar por la calle, es la ventana con celosía de madera -llamada popularmente xafardera-, original del siglo XVIII. Su finalidad, como su nombre indica, era curiosear la calle desde las habitaciones de la casa, sin que pudiesen ver quién lo estaba haciendo.

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La xafardera, celosía original del siglo XVIII

Palau Finestres

Por último llegamos al patio del Palau Finestres. Es el que conserva el carácter más medieval de todos, cosa que podemos afirmar por dos elementos que se ven a simple vista: la escalera con baranda de piedra y las ventanas coronella. De la altura de los muros exteriores se deduce la existencia de una especie de torre de defensa que, más que con finalidad defensiva, fue levantada con la finalidad de mostrar el poder de sus propietarios. En los bajos del palacio podemos observar muchas bifurcaciones, resultado de las diferentes transformaciones que fueron sufriendo a lo largo de los años; unas debidas a la reconstrucción de los importantes desperfectos ocasionados por los bombardeos del 1714 o por el terremoto que provocó la destrucción del rosetón de Santa Maria del Mar, y otras motivadas simplemente por el deseo de los propietarios en adaptar la construcción a los gustos de la época, ejemplo de que eran lugares para vivir.

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Ventanas coronelas

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Salas interiores con marcado carácter medieval

Y hasta aquí la visita a los patios del Museu Picasso. No obstante, los ejemplos de casas palaciegas no finaliza aquí. Si queréis saber más también os puede interesar visitar el Palau Dalmases, el Palau dels Cervelló, el Palau Nadal o el Palau Marquesos de Llió… Y, por cierto, no dejéis pasar la oportunidad de tomar una tapa en El Xampanyet, un lugar mítico de la calle Montcada que ha conservado toda su personalidad a pesar del paso del tiempo.

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