En sus memorias, Ava Gardner escribió: “De todas las condenadas películas que hice, ‘Pandora’ quizá sea la menos famosa y, sin embargo, casi nada me ha influido tanto. Aquella película cambió mi vida”. Y S’Agaró fue testigo de ello.
A principios de los años cincuenta, un grupo de americanos procedentes del mágico Hollywood desembarcaron en la Costa Brava para rodar la película Pandora y el holandés errante. Un hecho que se convirtió en todo un acontecimiento de la época y que representó, según muchos entendidos, el punto de inflexión del interés internacional por esa maravillosa zona de la costa catalana.
Unos años más tarde, les seguirían el elenco y los equipos de la producción de De repente el último verano, con Elisabeth Taylor al frente. Encabezando un largo listado de celebridades que acabarían visitando S’Agaró, y que fue creciendo exponencialmente a lo largo de los años, a la que se sumarían nombres tan relevantes como los de John Wayne, Orson Welles, Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Charles Chaplin, Kirk Douglas, Sean Connery y Laurence Olivier, entre otras.


Regreso a S’Agaró
Hoy he querido volver a traer a primera página un antiguo post en el que relataba la segunda parte de la escapada que hice a Girona en la Semana Santa de 2013 y que, sin pensarlo demasiado, me acabó llevando a acercarme a una de las poblaciones más míticas de la Costa Brava, S’Agaró.
¿El motivo de ello? ¡Bien!, de hecho han sido dos motivos. Por un lado, la voluntad de revisar lo que publiqué por aquel entonces, y que nunca está de más releer y completar. Y por el otro, la emisión de “Un estiu per sempre”, un fantástico documental que nos sumerge en la historia de ese lugar de la Costa Brava a lo largo de sus 100 años de existencia, de manera mucho más profunda y detallada de lo que hice a través de ese post del 2013.
Un post cuyo texto incluyo a continuación.
S’Agaró, Semana Santa 2013
Siguiendo con mi periplo gerundense, tras dejar Girona capital, pongo rumbo al mar. El lugar elegido, un elegante enclave entre mansiones señoriales y escarpados acantilados. Su nombre, S’Agaró.
Como en muchas otras poblaciones de la Costa Brava, también en S’Agaró se han encontrado restos arqueológicos que dejan constancia de su existencia ya en el tiempo de los romanos… Pero el verdadero origen de esta zona residencial lo tenemos que situar a principios del siglo XX, cuando el empresario Josep Ensesa i Pujades recibió, como pago a una deuda, unos terrenos situados junto a la platja de Sant Pol, y que eran principalmente rocas.
Su hijo, Josep Ensesa i Gubert, atraído por este maravilloso lugar de la costa, decidió mandar construir en 1924 la emblemática residencia Senya Blanca, al más puro estilo noucentista. Una casa de veraneo que acabaría convirtiéndose en su residencia permanente, y que sería la primera casa de la futura ciudad-jardín residencial que Josep Ensesa impulsaría allí, y que se convertiría en todo un referente de la Costa Brava.
El topónimo de esa nueva ciudad-jardín -S’Agaró- se inspiró en el de un pequeño riachuelo que marcaba el límite entre Sant Feliu de Guíxols y Castell d’Aro, llamado Agaró (o Segueró). Nombre al que se le añadió un article salat al principio, siguiendo la costumbre de la zona, y que va apostrofado debido a que la palabra comienza por vocal. Un artículo definido que no solo se usa en Ses Illes (Balears), sino que también es habitual oírlo en el catalán que se habla en diferentes pueblos de la Costa Brava.
El Hostal de la Gavina
De acuerdo al estilo noucentista y mediterráneo que se quería dar a la zona, el 2 de enero de 1932 se inauguró el Hostal de la Gavina, obra del arquitecto Rafael Masó, de solo once habitaciones, en una época en que el turismo era inexistente y ni se pensaba en el boom que experimentaría unos cuantos años más tarde. El hotel no dejaría de transformarse y ampliarse desde su inauguración, alcanzando la categoría de hotel de cinco estrellas gran lujo en 1953, clasificación que ha mantenido hasta la actualidad.
El nombre del hotel está inspirado en la palabra Gavina (gaviota, en castellano), en honor a todas esas aves marinas que vivían en el cabo de rocas donde se construyó el hotel y que, aún hoy, siguen parte de la fauna marina habitual de la zona, tal y como muestro en algunas fotografías.
Supongo que muchos de vosotros cuando oís hablar de S’Agaró, automáticamente lo relacionáis con el glamour y el lujo. Pues bien, ese carácter glamuroso de S’Agaró se debe a las propias tácticas que se utilizaron para promocionarlo.
Inicialmente, para dar a conocer el lugar se organizaban excursiones populares desde Barcelona y Girona, con la finalidad de que los visitantes participaran en concursos de sardanas, campeonatos de tenis o actividades náuticas.
Pasado un tiempo, los eventos se transformaron en otros mucho más selectos, como recepciones, fiestas o cenas de gala, lo que hizo que la burguesía y las clases altas se interesasen en adquirir una segunda residencia en ese lugar, por lo que alcanzó un prestigio social que, aún hoy en día, conserva.


Muchos recordamos la fantástica serie de humor de TV3 “Tres estrelles”, protagonizada por Tricicle, que se grabó en ese lugar, y que ayudó a popularizar la imagen del hostal en círculos menos elitistas de los que lo conocían hasta ese momento.
Almuerzo en la Taverna del Mar
Nada más llegar a S’Agaró, como ya es hora del almuerzo, nos vamos directamente hacia la Taverna del Mar. A pesar que el día ha amanecido lluvioso, a estas horas el sol brilla y se disfruta de una agradable temperatura primaveral junto al mar.
Elegimos una mesa en la terraza, en primera línea, y tras consultar la carta nos decantamos por degustar un menú marinero, entre el que no puede faltar una ración de garoines (erizos de mar), un manjar del marisco criado en el Mediterráneo.
La Taverna de Mar tiene ese encanto de hacerte sentir entre medio del mar y el cielo. Junto a la terraza, cuatro curiosos vestidores de colores nos transportan a épocas pasadas, y le dan una interesante exclusividad a la playa.



Tras finalizar el almuerzo, decidimos no regresar a Barcelona sin darnos un breve paseo por el Camí de Ronda. Un paseo que, a pesar del sol, el viento que sopla nos obliga a abrigarnos. ¡Cosas que tiene el viento de l’Empordà!
El Camí de Ronda
La parte del Camí de Ronda (esa travesía a pie que cruza la Costa Brava) que pasa por la costa de S’Agaró está dedicado a Josep Ensesa i Gubert, y es uno de los lugares más fascinantes del lugar. Por ello, ningún visitante que vaya a S’Agaró debe marcharse sin recorrerlo, ni que sea un pequeño tramo. Ese tramo de camino, que une la Platja de Sant Pol con la de Sa Conca bordeando los acantilados, permite admirar a un lado parte de los jardines de las imponentes mansiones que se construyeron junto al mar, y al otro, pequeñas calas franqueadas por escarpadas rocas en las que rompe el mar, una imagen que te regala el paisaje de esta zona de la Costa Brava.
Empezamos a pasear rodeando el Hotel de la Gavina, que todavía está cerrado porque no ha iniciado la temporada. El mar no está especialmente embravecido, pero el ruido del romper de las olas sobre los acantilados entremezclado con los graznidos de las gaviotas pone la banda sonora a nuestro recorrido. ¿Me pregunto, cómo puede ser que un ave marina considerada carroñera realice un vuelo de planeo que puede llegar a transmitir tanto encanto?
Un elemento destacado del paisaje, además de los acantilados y las gaviotas, que llama poderosamente la atención, son los impresionantes troncos retorcidos de algunos árboles, “tocats per la tramuntana” de acuerdo a una expresión muy popular de esa zona. Troncos que el fuerte viento habitual de l’Empordà ha ido modelando con el paso del tiempo, y que les ha obligado a irse adaptando a él a medida que han ido creciendo.









Un final de jornada con muchas ganas de regresar a S’Agaró
Después de media hora caminando y observando el paisaje, llegamos a un recodo donde han colocado un marco que, a modo de ventana, nos ofrece un especial punto de foto para poner punto y final a nuestro paseo de hoy. Después de una completa mañana paseando por Girona capital, de haber almorzado prácticamente “sobre el mar”, y de pasado una tarde entre acantilados, ha llegado la hora de regresar a Barcelona.
Cierro mi cuaderno de bitácora por hoy, y apunto en la agenda de pendientes una larga lista de futuros destinos por la zona: Figueres, Púbol, Portillat, Cadaqués, la Bisbal, Pals, Peretallada, Sant Pere de Rodes, Platja d’Aro... Un variado cóctel de lugares con encanto de las comarcas de Girona que iré consumiendo a pequeños sorbos.
Nota: Artículo revisado y actualizado. Publicado inicialmente el 15 de abril de 2013.
Epilógo, julio de 2026
Cuando visité S’Agaró en 2013 no me podía llegar a imaginar que una década después la Costa Brava se acabaría convirtiendo oficialmente en la segunda residencia de los Marpi.
Evidentemente, a una escala mucho menos elitista que la que construyó la familia Ensesa, nuestro hogar empordanès se ha convertido en nuestro paraíso particular, en donde muchas de las poblaciones que mencioné en el párrafo final del antiguo post como agenda de pendientes, han entrado en nuestras vidas para quedarse.
Y por cierto, debido a que en 2024 S’Agaró celebró su centenario, cojo el compromiso de regresar allí el próximo otoño cuando la temporada estival ya haya finalizado, para recorrer personalmente algunos de esos rincones que he descubierto con esta nueva información, y que hasta ahora todavía no he visitado.
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