REDESCUBRIENDO ANDORRA EN TRES DÍAS

Cuando me inscribí para participar en el #TMBAndorra no puedo negar que lo hice de forma impulsiva, y sin saber bien bien a lo que iba. El resultado no ha podido ser más gratificante. Tal y como suele pasar en los viajes, cuando esperas mucho de un lugar, te suele defraudar. Si optas por dejar que te sorprenda; realmente lo hace. Y eso es justamente lo que me ha ocurrido en esta ocasión.

#TBMAndorra

#TBMAndorra, un encuentro bloguero que ha valido mucho la pena

Regreso a Andorra

Hacía puffff…. Ni recuerdo los años que no viajaba a Andorra, y la visita me ha servido para redescubrir un país de lo más interesante, y cuyo contenido va mucho más allá del shopping y el esquí.

Tengo que reconocer que mi “flirteo” con Andorra, allá por los años 80 del siglo pasado (¡qué lejos sueña eso ya¡), se limitaba a pasar una semana blanca practicando esquí en el Grau Roig por las mañanas, y yendo por las tardes de tiendas (entonces no se hablaba todavía de shopping) en busca del mejor precio para comprar un queso de bola “Sombrero de Copa”, una tableta gigante de algún que otro chocolate suizo (además del reglamentario Toblerone), una lata de mantequilla y un paquete de café “El Conseller”, porque al regreso siempre había que quedar bien con algún que otro compromiso familiar. Y, aunque no soy fumadora, ni nunca lo he sido, también caía en la tentación de comprar una cajetilla de John Player Special «porque quedaba muy cool llevarla en el bolso, aunque no fumases”. ¡Pájaros de juventud!

En esta ocasión, mi visita me ha redescubierto un país muy cambiado, con un desdoblamiento de carreteras que no conocía, y donde sus inexcusables paseos por la montaña (a diferentes niveles de dificultad), los puedes combinar con pinceladas de cultura popular, patrimonio histórico, protocolo oficial, historia y gastronomía.

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Vistas panorámicas de Encamp

Un fin de semana de tres días

Primera jornada

Tras nuestra llegada, junto a los participantes del #TBMAndorra y de la mano de Turisme d’Andorra, pudimos recorrer el centro histórico de Andorra la Vella y visitar la Casa de la Vall, antiguo Parlamento del país donde me entusiasmó especialmente la dosis de historia política, administrativa, protocolo oficial y curiosidades que recibimos por parte del guía, y que tendrá su post correspondiente en Gabinete de Protocolo.

Tras finalizar la visita en grupo, y ya de forma particular, la cena me llevó a descubrir el Restaurant Versailles y su excelente carta de cocina francesa. Nuestra elección se decantó por una salade de canard et foie, una ración de escargots de Bourgogne, una cazuelita de moules marinières à la crème fraîche, un boeuf bourguignon y, como no puede ser de otra manera, de postre una tarte Tatin. Me habían comentado que en Andorra se come muy bien, y la verdad es que el estreno gastronómico fue de primer nivel.

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Puerta de acceso a la Casa de la Vall en el centro histórico de Andorra la Vella

Segunda jornada

Siguiendo con el programa del #TBMAndorra, el segundo día de nuestra estancia en Andorra nos llevó a conocer y disfrutar de las instalaciones de un magnífico y moderno Centre de Congressos que me sorprendió gratamente. La comodidad del patio de butacas es realmente digna de mención. Allí pasamos la mañana y parte de la tarde, entre conferencia y conferencia, hasta que ya al atardecer nos sorprendieron con un viaje en telecabina, desde la Massana hasta la estación de Pal en la Vallnord, donde nos esperaba un maravilloso anochecer de luna llena y una cena informal en la taberna de la Caubella. Un lugar decorado al estilo rústico de un refugio de montaña, donde pudimos degustar una variada selección de finger food, entre la que tengo que mencionar el carbó de bacallà, que hasta ahora nunca lo había probado y que me llamó la atención por su curiosa presentación.

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Panorámicas nocturnas desde la Taberna de la estación de Pal

Tercera y última jornada

Y llegó la tercera y última jornada del viaje, que todavía nos permitiría seguir disfrutando unas horas de la variada oferta turística que hay en el país. Debido a que no llegué a tiempo de inscribirme en la actividad que se acercaba más a mis preferencias, de todas las que ofrecía el #TBMAndorra para cerrar el encuentro, no deje de pasar la oportunidad de diseñar una ruta a medida y volver a recordar algunos de aquellos lugares que tan buenos recuerdos de juventud me traían.

Partiendo de Sant Julià de Loira, donde nos habíamos alojado, tomamos el coche para dirigirnos a nuestra primera parada. Concretamente el Santuari de Nostra Senyora de Meritxell, donde tuvimos la gran suerte de poder disfrutar de una visita privada y conocer con más detalle la historia del lugar. Una historia que me recordó buena parte del hilo argumental sobre el que gira la novela de Albert Villaró, Blau de Prússia, un libro que me sorprendió gratamente cuando lo leí ya hace unos años.

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La Mare de Déu de Meritxell, patrona de Andorra

La siguiente parada fue en Canillo, ante la Església de Sant Joan de Caselles, una de los ejemplos más bonitos de las pequeñas iglesias románicas que todavía se conservan en Andorra, y en las que todavía se respira el silencio y el recogimiento de la época en que se construyeron. Llama la atención por sus porches (añadidos posteriormente a su edificación) y porque parece construida con módulos separados y encajados entre sí. ¿A que no te habías fijado?

Siguiendo la ruta que nos habíamos marcado, seguimos por carretera por la zona de Grandvalira hasta llegar a Grau Roig, ya a 2120 metros de altitud. Después de treinta y cuatro años, puedo afirmar con rotundidad que conserva el mismo encanto que recuerdo de las semanas blancas que pasé allí esquiando.

Finalizado el breve paseo por las pistas, que a pesar de estar ya cerradas todavía conservan algunas placas de nieve, regresamos hacia la capital de Andorra para encarar la última parte del día en esas tierras, antes de regresar de nuevo a casa. Y el lugar elegido fue Escaldes-Engornay, la séptima y más nueva parroquia andorrana, tal y como nos explicaron durante nuestra visita a la Casa de la Vall.

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Cal Muntanya, uno de los primeros hoteles balneario que abrieron en Les Escaldes, allá por 1904

Si alguien se pregunta el porqué de esta elección, sencilla respuesta: porque allí es donde está el Hotel Muntanya (uno de los hoteles balnearios más antiguos de la zona), en donde solía alojarme cuando iba a esquiar a Andorra y quería volver a visitarlo. Lamentablemente lo encontré cerrado, y desconozco si todavía sigue funcionando como tal.

Durante el paseo por la avinguda Carlemany nos desviamos hacia el río Valira, para tomar unas fotos del Pont d’Engordany, uno de los puentes románicos que se conservan en el país, y nos paramos a visitar la església de Sant Pere Mártir, dedicada a uno de los siete patrones de las parroquias andorranas, tal y como nos explicó nuestra guía durante la visita a la Basílica de Meritxell.

Y como a caminar nadie nos gana, el paseo acabó en el corazón de Andorra la Vella donde todavía tuvimos tiempo de tomar un tentempié, pasar por Ca l’Apotecari a comprobar como aparecen nummulites al mojar la fachada con agua, realizar unas compras en el supermercado de Pyrénées y, finalmente de regreso al coche, tomar una fotografía a la escultura dedicada a Salvador Dalí en la plaça de la Rotonda.

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Andorra, todo un redescubrimiento pendiente de ampliar

Y hasta aquí nuestro rápido resumen del fin de semana exprés en Andorra, que nos hemos regalado con la excusa de asistir al #TBMAndorra, y que nos ha servido para elaborar una larga lista de lugares interesantes que nos han quedado pendientes de visitar, como, por ejemplo, la parroquia de Encamp que tiene a Santa Eulàlia de patrona, igual que Barcelona. Una larga lista de imperdibles que va a hacer imprescindible una nueva visita en un breve espacio de tiempo.

«Andorra, cuando quieras con quien quieras»

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