Siempre me he preguntado el porqué del uso de la frase “la manzana de la discordia” cuando, de hecho, esa “discordia entre genios de la arquitectura” se centra principalmente en tres edificios que están en una misma calle, concretamente en el tramo de Passeig de Gràcia que va de Consell de Cent al carrer Aragó.
Si miramos el tramo de manera lineal, de izquierda a derecha, podemos ver cinco edificios. El primero es la Casa Lleó Morera, obra de Lluís Domènech i Montaner. El segundo, la Casa Mulleras de Enric Sagnier. El tercero, la Casa Bonet de Marceliano Coquillat. El cuarto -y al que voy a dedicar el post de hoy-, es la Casa Amatller, de Josep Puig i Cadafalch. Y el quinto y último la Casa Batlló de Antoni Gaudí… Aunque la supuesta discordia de egos y rivalidades solo ocurre con tres de ellas. Las que remodelaron los top tres de la arquitectura modernista catalana de principios del siglo XX, es decir, Lluís Domènech i Montaner, Josep Puig i Cadafalch y Antoni Gaudí.
¿De dónde procede el concepto “la manzana de la discordia”? Pues de la mitología griega, y más concretamente a un episodio ocurrido en la boda de Peleo y Tetis, que protagonizaría Eris, la Diosa de la Discordia, y una manzana de oro, que acabaría siendo uno uno de los motivos que provocarían el estallido de la Guerra de Troya…
De acuerdo con el orden cronológico, la primera de las tres fue la Casa Amatller. En consecuencia, siempre se puede decir que, supuestamente, fue la menos comprometida en esa guerra de egos, ya que cuando se iniciaron las obras de remodelación de las otras dos, ella ya estaba allí.

La familia Amatller, una saga de maestros chocolateros barceloneses
¿Y quién fue el que le dio nombre? Pues fue Antoni Amatller Costa, tercera generación de una familia de maestros chocolateros barceloneses, además de ser un gran viajero, coleccionista de arte y fotógrafo.
La actividad chocolatera de la familia Amatller la inició Gabriel Amatller en 1797, en un obrador artesanal del barrio del Born, donde elaboraba chocolate para el vecindario. El negocio fue creciendo a lo largo de los años y fue su nieto, Antoni Amatller, quien convirtió la marca “Amatller” en un referente de Barcelona.
Por un lado, Antoni Amatller fue quien abrió una nueva fábrica en el Poblenou, aplicando ideas importadas de Suiza y Francia, que revolucionó la manera de producir el chocolate en Barcelona. Por el otro, con el fin de popularizar su producto, creó un sello distintivo de la marca mediante la contratación de conocidos artistas de aquel momento, para que convirtiesen los envoltorios y los carteles publicitarios en absolutas obras de arte.

En la actualidad, la marca pertenece a Simon Coll, empresa que la compró en 1972, y que ha sabido mantener la calidad del producto y la estética modernista del packaging.
Antoni Amatller y Teresa Amatller
Antoni Amatller se casó con Cándida Cros Circuns en el año 1871, aunque se separaron seis años después. Durante estos años de matrimonio, tuvieron dos hijas. Primero nació Gabriela, quien murió con seis meses de edad. Y en el año 1873, nació Teresa. Tras la separación del matrimonio, firmaron un acuerdo en el que se acordaba que Teresa iría a vivir con su padre a partir de los 7 años de edad.
En consecuencia a ese pacto, Teresa fue quien junto a su padre habitaría la casa de Passeig de Gràcia y, tras el fallecimiento del mismo, se convertiría en la heredera y propietaria.
Dado que Teresa no se casó y no tuvo descendencia, en 1941 creó la Fundació Institut Amatller d’Art Hispànic, para que fuese esa entidad quien se encargase de gestionar todo el legado fotográfico y artístico que había dejado su padre.
Antoni Amatller, fue un gran aficionado a la fotografía y a los viajes. De espíritu aventurero y curioso, sus viajes le llevaron a recorrer media Europa, y a lugares tan míticos como el Estambul, el Marruecos y el Egipto de principios del siglo XX. Su legado fotográfico hace que algunos lo describan como un pionero de la fotografía de viajes. Asimismo fue un un gran coleccionista de arte, especialmente de vidrio romano.
Entre los diferentes objetos que se conservan en Casa Amatller están la maleta con la que viajaba, su cámara fotográfica y multitud de fotografías originales, destacando especialmente las que tomó en Egipto, en el último viaje que hizo acompañado por su hija Teresa.
De su afición como coleccionista, también se conserva una importante muestra de piezas de vidrio romano, expuestas en vitrinas que decoran algunas estancias.


La Casa Amatller
Tal y como hicieron la mayoría de los burgueses barceloneses de finales del siglo XIX, con el objetivo de mostrar su posición social -y en el caso concreto de Antoni Amatller, tener un lugar en donde mostrar sus colecciones de arte-, en 1898, Amatller compró a Maria Martorell i Peña, un edificio de planta baja y tres pisos que la hermana del naturalista Francesc Martorell i Peña poseía en el 101 del Passeig de Gràcia. Un edificio construido en 1875 por el maestro de obras Antoni Robert.
Con la finalidad de mejorarlo y adaptarlo a sus gustos y necesidades, encargó la reforma a Puig i Catafalch, quien en ese momento comenzaba a consolidar su esplendor como arquitecto, presentándole un proyecto en donde unía estilo propio, simbología artística, lujo e innovación.
El arquitecto diseñó un edificio atípico y original. Demolió la antigua fachada para construir una nueva, que alcanzaría una altura inusual, y que rompería con las normativas que había establecido el Pla Cerdà. Un edificio con el sello de Puig i Catafalch y la huella de los Amatller.
El resultado, como bien se puede apreciar, es toda una joya de Barcelona que para muchos pasa invisible… Y digo invisible, porque siempre que paso por allí, y a pesar de su magnificencia, me llama la atención que la mayoría de los que se detienen para contemplar fachadas, solo tienen ojos para su vecina de al lado.
El estilo arquitectónico de la Casa Amatller
Tal y como explican los expertos, el estilo arquitectónico de la Casa Amatller es una mezcla entre el neogótico catalán, el estilo arquitectónico flamenco (especialmente el hastial triangular en que acaba la fachada, símbolo de verticalidad y grandeza) y el nórdico (por toda la simbología que hay en los elementos que decoran la fachada).



Una fachada llena de simbolismo
Si nunca te has parado a observar con detenimiento la fachada de Casa Amatller, la excusa del calendario puede ser un excelente motivo. Una fachada ricamente ornamentada, que es una auténtica alegoría a las actividades comerciales, historia y aficiones de la familia Amatller.
Tal y como haría un organizador de eventos ante un sitting protocolario, párate frente a ella y, de izquierda a derecha, ves observando de manera pormenorizada cada uno de los múltiples detalles que irás viendo.
La ventana izquierda del primer piso
Fíjate en la ventana de la izquierda del primer piso. Es la de la habitación privada del propietario de la Casa.

Podrás ver el busto de un hombre con una cámara fotográfica -hecho curioso si pensamos que la casa data de 1900-, elemento con el que se deja constancia de la pasión de Antoni Amatller por la fotografía y por los viajes, algo que contribuyó a convertirlo en uno de los primeros “turistas” catalanes.
El balcón central
En la parte central de la fachada destaca un balcón con una impresionante baranda de hierro forjado, al que se abren tres balconeras. Cada una de ellas está coronada con un escudo que representa las tres principales alegorías de las actividades más habituales de los Amatller: industria, artes y coleccionismo.
La tribuna lateral derecha
Y en la parte derecha, encontrarás el elemento más espectacular de la fachada, que no es otro que la tribuna principal que, a diferencia de otras casas modernistas de Barcelona, se sitúa en las habitaciones privadas de la hija del propietario y no en el salón principal, cosa que hace que quede relegada a un lateral, pero que le otorga aún mayor encanto. Una tribuna que interiormente es igual a un espectacular mirador de un palacio gótico.
Observándola con detenimiento, podrás ver una A gigante, que perfila toda la decoración y que hace referencia al apellido de la familia. En su interior hay otras tantas A más pequeñas, acompañadas de diferentes grabados con la flor del almendro.
Entre los ornamentos más destacables verás unas letras góticas, esculpidas en piedra. Se corresponden a un verso de la poetisa Dolors Monserdà, suegra de Puig i Cadafalch, y que también hace referencia al almendro. Dice: “L’ametller és florit, l’bon temps s’acosta, ab sos nius d’ausells y sos poms de roses” (“El almendro está florido, el buen tiempo se aproxima, con sus nidos de pájaros y sus ramos de rosas”.)
La puerta de la entrada principal
Siguiendo con el recorrido visual por la fachada, bajad la vista hacia la parte superior de la puerta de entrada, y allí veréis diferentes personajes que siguen evocando las aficiones de los Amatller.
Pero especialmente destacables las figuras alegóricas de la leyenda de Sant Jordi, entre las que destaca la del santo patrón matando al dragón, situado en un lateral de la puerta, que personalmente siempre hemos pensado que es el más apasionante de los muchísimos que hay repartidos por toda Barcelona.
El panot de Barcelona original
Una de las curiosidades que guarda la Casa Amatller es el pavimento que todavía se conserva en el vestíbulo de acceso desde Passeig de Gràcia. Su diseño es el que ideó y diseñó Puig i Cadafalch, y que acabaría derivando en el famoso “Panot de la flor de Barcelona”.
Un paseo en fotografías por el interior
Entrar en la Casa Amatller es hacer un viaje en el tiempo. Si visitas la planta principal, en donde vivía el Sr. Amatller junto a su hija Teresa podrás ver que se conserva como si allí no hubiesen pasado los años. De hecho, la mayoría de los muebles que se pueden ver expuestos son los originales, que muestran la creatividad en el diseño de la época en que fueron hechos.
En la decoración de la planta noble trabajaron más de 50 artistas y artesanos, lo que hace que sea un lugar con detalles únicos, como por ejemplo, la flor elegida en la decoración del dormitorio de la Teresa Amatller, que no es otra que la flor del Almendro, de l’Amatller en catalán, que representa el apellido de la familia. La sala de música está decorada con una estrofa de la canción “cançó de mariner”. Y en el comedor, la escultura que decora la parte superior de la chimenea representa el comercio.








Caminando a través de las diferentes habitaciones abiertas al público, puedes ver perfectamente reflejado la pasión de su propietario por el arte, los viajes y por la arquitectura. Especialmente destacable la rica colección de envases de vidrio singular.
Una de las habitaciones que contrasta con el estilo general de la decoración interior de la Casa Amatller es el vestidor que se encuentra junto al dormitorio de Teresa Amatller. Se reformó en 1934, y el estilo que imperaba en esa época ya sera el Art Déco.




Su última morada: el Panteón Amatller
El amor por el arte y la arquitectura que tuvieron, tanto Teresa Amatller como su padre, quedó plasmado incluso en el panteón del Cementeri de Montjuïc en donde ambos reposan. Una manera de seguir apostando por estar rodeados de arte y belleza, incluso más allá de la vida.
El panteón, cuya construcción promovió Teresa Amatller en 1911 tras el fallecimiento de su padre, es obra del arquitecto Emili Sala Cortés y del escultor Eusebi Arnau. Es un panteón relativamente grande, inspirado en el diseño y la estructura de las iglesias románicas, y cuyas dimensiones son incluso mayores que las de las propias iglesias que lo inspiraron.
Dispone de tres ábsides, cimborio con capiteles, impostas y cornisas. Con una cruz modernista en su parte posterior. Y es todo un imperdible para los que apuestan por admirar el arte funerario, a pesar de ser una disciplina artística que llega la carga de los tabúes propios de la finalidad para la que ha sido creada… Unos tabúes que no lo fueron para Teresa Amatller, cuando decidió apostar por la belleza del arte y la arquitectura incluso en la última morada.






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