¿Sabes que el prototipo de uno de los elementos arquitectónicos que es imagen icónica de ciudades como Nueva York fue ideado por una mujer que ni era arquitecto, ni ingeniero?
Pues sí, la aparición de la escalera de incendios exterior, tal y como la conocemos hoy en día, se debe al ingenio privilegiado de una mujer.
Y aunque en Barcelona no estemos demasiado acostumbrados a ver ese tipo de estructuras en los edificios, si observas con atención en tus paseos por la ciudad, seguro que descubres alguna que otra en la que todavía no te habías fijado.

La prodigiosa mente de Anna Connelly
¿Y quién fue esa mujer? Se llamaba Anna Connelly. Y fue una mujer que nació en una sociedad totalmente patriarcal, pero a la que la naturaleza otorgó iniciativa y una mente prodigiosa.
Aunque no se sabe demasiado sobre la historia de su familia y de sus primeros años, gracias al censo se han ido descubriendo algunas pinceladas de su historia. Hija de inmigrantes británicos, nació en Filadelfia, el día 23 de septiembre de 1868, ciudad del estado de Pensilvania en la que vivió toda su vida, según se desprende del censo. Murió en abril de 1969, cuando ya iba camino de cumplir los 101 años.
Su invento fue el precursor de lo que hoy en día se conoce como la escalera de incendios exterior moderna. Y sirvió tanto para salvar vidas, como para transformarse en un elemento de seguridad imprescindible en el diseño de los edificios modernos, cada vez con mayor altura.
Edificios cada vez más altos, y cada vez más peligrosos
De todos es sabido que entre las últimas décadas del siglo XIX y las dos primeras del siglo XX, tanto la gran migración interna que hubo en los EEUU -de personas que se desplazaron del campo a la ciudad, motivadas por el proceso de industrialización-, como la llegada de 25 millones de inmigrantes ocasionó una expansión salvaje de algunas de las principales ciudades de la costa este. Esa expansión fue acompañada de un aumento vertiginoso en la construcción de nuevos edificios, que cada vez eran más altos y con mayor densidad de habitantes en cada uno de ellos.
Esa coyuntura de crecimiento trajo aparejada la necesidad de mejorar la planificación urbana, así como la seguridad en las viviendas. El peligro de que se desatase un incendio era una posibilidad muy real, y la evacuación de las personas en los edificios era cada vez más compleja. No obstante, lo único que se solía hacer para evitar riesgos era colocar escaleras manuales o cuerdas atadas a los balcones como vía de escape.

Una tragedia que cambió la ley
Y la tragedia acabó llegando, lo que supuso un punto de inflexión en las normas de seguridad.
El 2 de febrero de 1860 se desató un incendió en un edificio del bajo Manhattan, que ocasionó la muerte de diez mujeres y niños, debido a la dificultad de los bomberos para poder acceder a los pisos más altos.
Esa tragedia fue la principal razón por la que las autoridades de NYC aprobaron una legislación para regular la seguridad contra incendios, obligando a cumplir con una serie de nuevas medidas en las construcciones, como fue la instalación obligatoria de escaleras de incendio.
Dicha Ley, conocida con el nombre de “An Act to Provide Against Unsafe Buildings in the City of New York”, establecía que en los edificios habitados por más de ocho familias se tenían que instalar, de manera obligatoria, escaleras exteriores en las fachadas y balcones a prueba de fuego en viviendas. Los materiales debían ser resistentes al fuego o a prueba de fuego. Y todas las habitaciones tenían que tener ventanas o puntos de ventilación. Además, la ley se debía aplicar con carácter retroactivo.
El ingenio de Anna Connelly y su “escalera de incendios” entra en juego
Evidentemente esa obligatoriedad influyó directamente en el encarecimiento de las construcciones. Y ahí fue cuando la imaginación y el ingenio de Anna Connelly entraron en juego. Ideó un sistema que cumpliese con la nueva normativa, y que económicamente viable para su instalación.
Tras diferentes remodelaciones de la idea inicial (un puente entre edificios), finalmente el diseño se consolidó a través de una serie de plataformas metálicas anexas al edificio, con barandillas y suficientemente anchas para permitir el movimiento de personas de manera rápida y diligente y a las que se podía acceder fácilmente desde el interior, conectadas por escaleras. Además, para su construcción se usó hierro, dado que era el metal con características idóneas para soportar una situación crítica ante el fuego y la presión. El resultado fue la escalera de incendios exterior que hoy en día conocemos, cuyo diseño se ha mantenido prácticamente invariable a lo largo de los años.
Asimismo, Anna Connelly tuvo el mérito de ser una de las primeras mujeres de los EEUU que presentó una petición de patente sin ayuda masculina, como había ocurrido hasta ese momento.
Para saber más: Consulta la patente US368816A.
Reconocimiento a Anna Connelly en Filadelfia
Buscando información sobre los posibles reconocimientos a su aportación a la arquitectura y a la ingeniería, lo único que he encontrado es que en una de las salas del edificio de la City of Philadelphia’s Office of Innovation and Technology’s Innovation Lab, situado próximo al ayuntamiento de la ciudad, hay un mural del artista Eric Okdeh, dedicado a figuras históricas e innovaciones originarias de esa ciudad de Pensilvania, entre las que se incluye a Connelly.
Para saber más: City of Innovation (Archivo de arte público en Philadelphia).
Adivina en dónde…
Y para finalizar, un juego de adivinanzas. De todas las imágenes de escaleras de incendios que incluyo a continuación, ¿sabes decir cuáles son de Boston, cuáles de NYC y cuáles de Barcelona? Te leo en comentarios…






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